Sábado. Una amiga estaba ocupada (como de costumbre) de modo que me vi una vez más obligado a caminar por las calles de Buenos Aires en este día nublado –cosa que disfruto. Fui hasta Lavalle y me fijé a qué hora daban Duro de matar 4.0. Vi que lo más próximo era a las 17:30, así que decidí seguir de largo –en ese momento eran solo las 15:39.
Seguí caminando por Lavalle hacia la 9 de Julio, evitando a los molestos repartidores de volantes con sus ofertones para el prostíbulo cercano. Siempre que me ven se acercan a raudales a entregarme los volantes. Me verán cara de necesitado o algo. (Aunque cuando tenía novia ocurría lo mismo. Y de hecho una vez me dieron el papelito cuando caminaba con ella por ahí.
Me pregunto qué dirían los repartidores si les dijera “no, gracias, soy impotente”. Un día voy a decirles eso, a ver qué reacción tienen. (No soy impotente, por cierto. Mi virilidad me obliga a desmentirlo
Unas cuadras más adelante, cruzando el Obelisco, llegando a Corrientes y doblando en Callao, llegué a un McDonald’s ubicado a unas pocas cuadras del Congreso. Recordé que ese McDonald’s tiene un pequeño grupo de cuatro computadoras patrocinados por el servicio de banda ancha de Telefónica, Speedy. Decidí probar a ver si era gratuito, como el que está en el shopping Abasto, en el primer piso.
Entré y le pregunté a la pobre esclava del “sector heladería” cómo era el fato para usar las máquinas, pensando que al igual que en el shopping Abasto, seria gratuito. No, no. Error. Me dijo que debía hacer una consumición y pedirle el código de acceso a la esclava de la caja.
Hice la fila mientras contemplaba a la pelotuda de adelante pedir y pedir comida cual oso preparándose para afrontar el invierno durante la hibernación. Al llegar mi turno la pobre esclava de la caja me preguntó qué iba a pedir. “Un café”, exclamé lacónicamente. Le pregunté por el código de la máquina para utilizar el servicio de banda ancha. Me contó que para utilizar el servicio debía gastar al menos $10. El café salía $3 con algo. Me detuve a pensar rápidamente cómo decirle de forma educada “cancelá todo, me voy entonces”.
Justo antes de decírselo, halló piedad en su corazón y me dijo que me daría el código igual. Luego de abonar me alcanzó un papelito con el logo del Banco Galicia de un lado y el dichoso código alfanumérico en el reverso. La clave tendría unos diez caracteres, semejante a las contraseñas que utilizo para mis cuentas online.
Me hizo honor con la innecesaria bandeja de plástico, al mejor estilo McDonald’s, y el resto de los bártulos (servilletas, sobres de azúcar, maderita-de-forma-rectangular-con-bordes-redondeados-para-revolver-el-café); todo acompañado con un entrenado “gracias” al cual ni atención le presté. Me encanta que si pido una sola cosa desinteresadamente me dan tres sobres de azúcar, servilletas, y demás; pero cuando estoy pendiente de lo que me dan, siempre me dan de más y tengo que reclamar: “¿Me darías servilletas, por favor? ¿Te puedo pedir un sobrecito más de azúcar? Yo le pongo tres. Sí, soy un enfermo de mierda, ya sé. ¡Gracias!” Y cosas así. Esta vez no. Me dieron exactamente lo que pedí y en la forma en que yo pretendía recibirlo –aunque nunca lo dije expresamente. Fue curioso.
Con la incómoda bandeja me acerqué al área de las computadoras. (Suena muy techno decir “el área de las computadoras”. En realidad eran cuatro máquinas pedorras alrededor de una columna al lado del sector de helados. Difícilmente la fábrica de Intel.) Le pregunté a la “heladera/experta-en-Speedy” –en McDonald’s la gente es multiuso: barren el piso y además venden helado; ¿no es hermoso el capitalismo?– cómo utilizaría ahora la máquina y todo eso. En realidad fue una pregunta bastante estúpida de mi parte porque sabía cómo hacerlo. La verdadera razón por la que hacía la pregunta no era para informarme, sino para buscar aprobación. No fuera a resultar que, luego de haber pagado el desabrido café, llegara a ese punto para ser enviado a paseo con excusas del tipo “se nos calló el sistema”, “no, esa no anda, sentate allá” o algún otro clásico.
Habiendo obtenido el “roger” de la encargada de vuelo, introduje el código alfanumérico en el campo que aparecía en pantalla, encontrándome a continuación con un formulario de registración en modo pantalla completa. Debía registrar una cuenta en Speedy si quería utilizar la máquina. “Todo esto para ver los mails, la gran puta”, y otros pensamientos menos profanos inundaron mi mente.
Procedí a registrarme con datos falsos, como corresponde, y continué. Si los hijos de puta de Speedy creen que me van a sacar más datos están muy equivocados. Ya tienen mi teléfono y bien que lo usan cada dos semanas para llamarme rompiéndome las pelotas con sus ofertas. No hay forma de que lo entiendan esos muchachos, pero lo voy a intentar de la manera más cruda y sincera posible: NO QUIERO SPEEDY. ES UNA CAGADA. NO LO QUISE AYER, NO LO QUIERO HOY, Y NO LO VOY A QUERER MAÑANA. BASTA. NO ME LLAMEN MÁS. TÁCHENME DE LA LISTA DE “GENTE A LA QUE DEBEMOS VENDERLE EL SERVICIO A TODA COSTA” PORQUE JAMÁS LOS VOY A CONTRATAR. Y me importan poco los telemarketers. Los odio. Llaman a las peores horas con un fingido tono gentil para venderme basura que no nunca pedí. No me importa que estén trabajando, porque me molestan igual, y eso no es excusa. Si tu trabajo es llamarme incesantemente –ya te dije en más de 12 oportunidades que no quiero el servicio– para venderme algo, sos entonces un hijo de puta. Lamento que te ofenda, pero yo lo veo así. Y Speedy es, por consiguiente, un servicio mediocre de una empresa de mierda, más interesada en vender a toda costa que en no joderme. Muéranse de una vez, por favor. En serio, quiebren, fúndanse, muéranse y no me llamen nunca más para ofrecerme otra “fabulosa promo”. De todo corazón les deseo eso.
Al entrar a la sesión, luego de la publicidad que me vi obligado a esperar (mirando para otro lado, cosa de no darles esa satisfacción) para poder llegar finalmente a utilizar el sistema, noté que el mismo era, aparentemente, Windows XP. Digo aparentemente porque había ciertos cambios personalizados que eran evidentes para el ojo entrenado. El botón de Inicio decía “Speedy”, el reloj estaba en formato digital, los menúes contextuales tenían opciones completamente diferentes a las de una instalación normal de Windows y el navegador era Firefox, pero tenía el ícono de las versiones alfa o beta, no el logo regular del zorro con la llama de fuego.
Firefox además tenía desactivadas muchas funcionalidades –las extensiones no podían verse– y el diseño era muy similar al de Office 2003, con las barras de herramientas en degradè. Entré a Gmail y al momento de poner mi contraseña quedé paralizado por un inesperado ataque de paranoia.
“¿Y si hay un grabador de teclas instalado? Podrían saber las teclas que presioné en el campo de contraseña. Otra vez no la cambio, ya tengo bastante con recordar los caracteres alfanuméricos y símbolos como para que me estén robando información. Aunque… en realidad no tengo nada importante, solamente los rss y el correo, que no tiene nada interesante tampoco. Ok, a cagar, hagámoslo, cualquier cosa la cambio de nuevo.”
Entré a Gmail, vi los rss y le dediqué un largo rato a las estadísticas de mis páginas web en Google Analytics. Noté particularmente dos personas –en India y Arabia Saudita– que entraron al blog a leer algo. (Uh?) Por cierto, no tenía idea de la cantidad de argentinos, colombianos, españoles y mexicanos que visitan el blog. Gracias a todos.
Seguí leyendo algunas noticias y Firefox me informó que debía instalar un plugin manualmente. Lo ignoré debido a que casi siempre que ocurre esto se trata de QuickTime (por qué Apple no se pone de acuerdo con Mozilla para automatizar el proceso, está más allá de mí).
Entre tiempo y tiempo se reabría una ventana popup con publicidad. Utilicé una de las opciones poco comunes de este Windows XP personalizado: definir que quería la ventana de Firefox encima de todas las demás. El popup no jodió más. A los quince o veinte minutos un cuadro de diálogo me informó que dentro de cinco minutos acabaría mi tiempo. “Yo sabía. Me quieren cobrar otro turno con esta mierda.” Lo venía sospechando desde que me senté y vi el contador de tiempo.
Una linda chica (desgraciadamente, menor de edad) se sentó al lado. Unos años menos y hasta podría ser hija mía. Hice la mirada a un lado, y dejé de pensar en eso. Por suerte mi tiempo culminó a los tres minutos. Sin dar explicaciones me retiré, emprendiendo el regreso.
En conclusión: Los de McDonald’s no dan puntada sin hilo. No te dan Speedy gratis, sino que exigen un mínimo de $10 y los de Speedy –esos hijos de puta– llenan el sistema, y Firefox en particular, con publicidad y popups en una conexión que, encima, de increíble no tiene nada. Ah, sí, y no lo podés usar más de media hora.
Eso sí que ayuda a vender el servicio. ¿Dónde firmo?